Cuando estaba recién casada y recién llegada a Suiza, me puse a buscar trabajo. Aprendí que la forma de armar un currículo era muy distinta a la venezolana: mucho más sintética, directa y focalizada al empleo que se está solicitando. Dentro de los apartados de un currículo suizo se incluyen los hobbies. Esto es algo impensable cuando se busca un cargo universitario. En dicha área se pretende que el aspirante dedique todo su tiempo libre a la institución, aunque solo vaya a impartir un curso de dos horas semanales.

En el ámbito germanoparlante existen numerosos blogs y páginas web, al igual que libros enteros, que desglosan cada apartado del currículo y ofrecen sus recomendaciones y advertencias. Los hobbies no son la excepción. Su presencia le permite al empleador sacar conclusiones sobre el aspirante desde una perspectiva más personal. Veamos aquí un ejemplo aplicado a una mujer:

  1. Hacer senderismo
  2. Esquiar
  3. Tejer

Quien pueda pasarse horas andando por estas montañas suizas es una persona con fortaleza física, que disfruta del contacto con la naturaleza. La afición por el esquí lo ratifica. El hecho de poder cambiar el deporte según la estación sugiere adaptabilidad. Ambas actividades suelen realizarse en grupo, así que la aspirante es también sociable y comparte su tiempo de ocio con otros. Una mujer que, además de esto, sepa tejer ha alcanzado la cima de la realización femenina: es moderna y a la vez tradicional, trae pan a la casa y se preocupa por la vida hogareña, les hace suéteres y mediecitas a sus hijos, les inculca la práctica del deporte (hacer senderismo y esquiar). Esta es la mujer maravilla y, si lo profesional está en orden, será contratada ipso facto.

Cabe destacar que yo no practico ninguna de estas tres actividades.

Ahora bien, ¿qué tipo de hobbies debe evitarse en el currículo?

  1. Deportes de alto riesgo. Probablemente, el empleado se mate o quede tullido alguna vez que salte en paracaídas, se zumbe por unos rápidos en kayak o escale en hielo. Puede dejar colgando a la empresa en cualquier momento. Malo, malo.
  2. Deportes practicados de manera profesional. Dedicarse profesionalmente a una actividad implica muchas horas de práctica, compromiso diario y un objetivo de vivir de dicha actividad. En otras palabras, el empleo que el aspirante está buscando es algo secundario en su vida. Todo patrón quiere contratar gente totalmente comprometida con su empleo, aunque sea el de fregar platos.
  3. Juegos de azar. ¡Qué impresión tan negativa da frecuentar casinos, comprar lotería o irse a un bingo! El jefe se imagina una novela en que el empleado pide adelantos para jugárselos, se endeuda con unos mafiosos y termina robando de la empresa para evitar que cumplan la amenaza de molerlo a golpes a él o a su familia. Vade retro, aspirante. Currículo a la basura.

Yo no me preocupé por este apartado de hobbies y puse los siguientes en mis solicitudes de empleo:

  1. Leer
  2. Escribir
  3. Hacer yoga

Lo del yoga fue sugerencia de mi marido. Más sincero hubiera sido “ir al cine y al teatro”, pero mi esposo pensó que yo debía incluir algo de actividad física. La gente sedentaria también inclina a los empleadores a mover la cabeza hacia los lados. Para entonces, yo estaba flojísima con los ejercicios y el yoga había quedado como una actividad muy de vez en cuando.

Creí que en esta lista la mención de la escritura causaría una impresión muy favorable. Se trata de una afición intelectual, creativa, poco común (¿?), un complemento positivo a las áreas donde estaba buscando trabajo, principalmente docencia y gestión cultural.

Craso error.

Mi ingenuidad de entonces me impedía ver la realidad.

Escribir combina todo lo que los empleadores no quieren encontrar en un hobby:

  1. Escribir es como volar en parapente, sobre todo la parte de soñar

    Es de alto riesgo. Damos tanto de nosotros mismos, revelamos nuestra alma, sacrificamos tiempo libre, nos quemamos las pestañas, para luego recibir rechazos de agentes y editoriales, indiferencia de los lectores, críticas negativas. Todo esto puede traer serias consecuencias para nosotros. Apartando el caso de John Kennedy Toole (que se suicidó) y la alta probabilidad de morirnos de hambre si pretendemos mantenernos con nuestras regalías, podemos sufrir de depresiones, procrastinación crónica, problemas de concentración, miedos diversos, burnout por tantas tareas que se exigen de nosotros, ataques de pánico ante un lanzamiento o un evento en público, y toda una gama de dolencias psicológicas. Nuestro jefe potencial no quiere tener un empleado así.

  2. Necesita dedicación profesional. Para poder escribir bien, hacen falta muchas horas de práctica bien aprovechada, innumerables lecturas de calidad, mentores, correctores literarios. Vamos a estar claros: algunos quieren publicar un libro para consolidarse como experto en un área ajena a la literatura, pero numerosos autores de ficción sueñan con vivir de la escritura. Si tienen otros empleos es para pagar las facturas mientras les llega la fama y la fortuna.
  3. Es un juego de azar. Hablando de fortuna, ¿quién puede negar el impacto del factor suerte en el éxito de un libro? ¿Por qué unos se convierten en superventas y otros, no? ¿Por qué algunos autores son adorados por los lectores y otros llevan su trayectoria literaria como Sísifo la piedra? Con toda la cantidad de dinero que podemos gastar y el riesgo de no recuperarlo, casi nos sentimos como si nos lo jugáramos a la ruleta.

De aquella ronda de más de treinta solicitudes solamente me llamaron a una entrevista. Conseguí impartir cursos universitarios después de entregar un currículo académico que no incluía mis hobbies (en medio de todo, yo seguía sin captar cuál era el quid de la cuestión).

De por sí nos da miedo decir que somos escritores y ahora tenemos razones hasta para ocultar que escribimos como hobby. ¿Qué hacemos entonces?

Yo tengo trabajo, he dejado demasiadas huellas digitales como para echarme para atrás y no voy a abandonar la escritura a estas alturas de mi vida. Pero quienes no hayan comenzado en serio, no hayan publicado o no hayan promocionado sus obras ni su marca personal aún pueden pensárselo dos veces. Siempre se puede hacer como Ana Katzen y salir a la palestra con seudónimo y antifaz.

O podemos lanzarnos a la aventura, enfrentarnos a nuestros miedos, dar saltos de fe, trazarnos grandes objetivos, retarnos a nosotros mismos, ver el mundo desde una perspectiva en que muchos no se atreven a mirarlo, olvidarnos del qué dirán o de la posibilidad de que nos condenen al paro por toda la eternidad. Al fin y al cabo, ¿no es la escritura un deporte de alto riesgo?