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Armando el modelo de Cortázar en Suiza

Escarbar entre las biografías y los datos sobre Cortázar no es tarea fácil. Para armar el par de figuras dentro del rompecabezas de su vida que corresponden a su paso por Suiza se requiere la confrontación con datos contradictorios, la búsqueda paciente por diferentes libros, mirar una y otra vez una misma pieza hasta que cobre o pierda el sentido.

En su vida llena de viajes y cambios de residencia entre Europa y América, el escritor argentino Julio Cortázar (Bruselas, 1914 – París, 1984) pasó en Suiza aproximadamente un año durante su infancia y, décadas más tarde, cortas temporadas por motivos de su trabajo como traductor. Cuando Cortázar nació, su padre asumía un cargo en la embajada argentina de la capital belga, que la familia decidió abandonar al comenzar la Primera Guerra Mundial para refugiarse en Zúrich. En esta ciudad nacería en 1915 Ofelia, la hermana del escritor. Sin embargo, la familia dejó Suiza al cabo de unos meses y se residenció en Barcelona [1].

De aquel año en Suiza no se cuenta mucho. En el archivo fotográfico de La página de Julio Cortázar (hoy desaparecida) se encontraba una foto suya con un bastón de pastor, en la que reconocemos los ojos del escritor, con una leyenda que la identificaba como tomada en Klosters (cantón de los Grisones). La foto está fechada en 1916, lo cual no concordaría con la información proporcionada por Herráez (2011: 27), quien afirma que Cortázar estuvo en Suiza hasta fines de 1915; pero sí con Cousté (2001: 190), quien señala 1916 como el año en que los Cortázar se instalan en Barcelona.

Marcando las ciudades suizas visitadas por Julio Cortázar (Mapa editado en Google Earth. Clic para ampliar)

Cuarenta años después, Julio Cortázar se encuentra en Ginebra. Es 1955, año de viajes, de escritura de relatos, después de haber asumido grandes proyectos de traducción literaria (como el de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar) y pequeños encargos para la Unesco en París. Julio Cortázar se traslada por un corto tiempo a Suiza como traductor de las Naciones Unidas. Herráez nos muestra una foto del escritor en Ginebra en mayo de 1955 y menciona con respecto a su viaje a la India ese mismo año: “Qué diferencia con las semanas previas transcurridas en la equilibrada y esférica Suiza, en las que la fondue y el carácter plúmbeo de los helvéticos solo le dejarán en la memoria la marca del tedio” (2011: 169).

El 14 de mayo de 1955 Julio Cortázar salió de París a Ginebra, donde permaneció hasta fin de junio. Durante su estadía, trabajaba en el Palacio de las Naciones Unidas y dormía en una habitación en casa de un matrimonio suizo. En una carta a su amigo Eduardo Jonquières, Cortázar da a conocer sus impresiones sobre la ciudad:

… aparte de los millones de relojes que pululan en las vitrinas de Ginebra, en la pieza en que vivo SE OYEN TRES TIC TACS DIFERENTES. Uno es el de mi pequeño despertador (que se llama Elmer, nombre que le pusimos Glop [2] y yo, enternecidos por su bondad y buen rendimiento). Los otros dos tic-tacs se filtran a través de las paredes, y no me dejan dormir. Te juro que si no hubiera pagado un mes por adelantado, ya me habría ido. Es sencillamente monstruoso, y sin embargo es algo bien comprensible en Suiza.

Ginebra es linda, limpia, clara… imagínate el resto. Uno lo piensa dos veces antes de tirar un fósforo o un pucho en la calle; te sientes censurado por todos los que te rodean. Cuando en medio de una vereda se ve un pequeño promontorio de color variable, pero bordeando siempre la tierra siena, puedes tener la seguridad de que el perro que hizo eso pertenece a un turista americano, pero que no es un perro suizo. La comida es tan perfecta que no tiene gusto a nada; los suizos se han dado cuenta y, llenos de inquietud, le echan tales dosis de pimienta que luego uno las pasa mal. El sabor general de las cosas es algo así como el del papel higiénico mojado y envuelto en talco (p. 315) [3].

En esa misma carta, comenta que, después de almorzar en la cantina del Palacio de las Naciones Unidas, se va al jardín botánico “a dar una vuelta y a herborizar como corresponde en tierras de Rousseau”. Le llama la atención una práctica que consistía en presentar la planta de la semana, muy bien ubicada por medio de flechas a través del jardín, lo cual considera una intervención de la eficacia suiza.

Julio Cortázar aprovecha para pasear con su esposa Aurora por Ginebra y sus alrededores cuando ella va a visitarlo. Menciona que han mirado los cisnes en la isla de Rousseau y cabe suponer que la foto reproducida en el libro de Herráez fue tomada por Aurora en esa misma isla. Al mirar la foto con atención, escanearla, ampliarla, reparar en los detalles y acudir a Google Maps y una serie de fotos viejas de Ginebra, pude identificar que el puente que se ve detrás de Cortázar es el Pont du Mont-Blanc y los edificios a su izquierda están en el Quai du Mont-Blanc. El primero de ellos, el Hôtel de Russie, fue demolido en 1968. Su lugar lo ocupa hoy un flamante establecimiento que ostenta el nombre de Rolex.

Lugares de paso de Cortázar en Ginebra (Mapa de la ciudad tomado de Google Maps)

Se nos da a entender que Cortázar hubiera podido trabajar más tiempo en “ese oasis de desinfección y primor que los mapas llaman Ginebra (más bien debería ser Dry Gin)” (p. 319), pero regresa a su trabajo en la Unesco feliz y convencido después de una experiencia suiza que le hizo valorar más París.

Bueno, mi etapa ginebrina terminó el 30, luego que Glop y yo cortamos el nudo gordiano, manera clásica de insinuar que mandamos al real carajo a las Naciones Unidas que aspiraban a reunirnos a orillas del lago Léman hasta fines de septiembre. Glop aceptó quedarse en la Unesco, y yo acepté volver cual hijo pródigo al seno de esta noble institución, quien mató el cordero en forma de un excelente contrato de revisor y no de traductor, lo cual significa bastante más plata. De modo que el 30 me despedí de los diversos catalanes que ornan la sección española de la ONU, pronuncié mi adiós más delicado a los cisnes de la isla de Juan Jacobo, y me dormí como un santo varón en un Wagon Lits, despertándome a tiempo para ver a París con su precioso color amarillo de las siete de la mañana, a Glop que me esperaba en el andén como un honguito entusiasmado, y para comer de inmediato media baguette, que es el pan más rico del mundo, sobre todo cuando se viene de Suiza, donde parece que lo hicieran con restos de demoliciones (p. 320).

Sin embargo, Cortázar se extiende en la contemplación de los museos y el arte expuesto en las ciudades suizas. Cuando escribe a Eduardo Jonquières, que también era pintor, enumera las obras que vio y muestra su admiración por Paul Klee (a quien halaga llamándolo cronopio):

… antes de venirme de la Svizzera estuve todo un fin de semana en Bâle, y conocí su estupendo museo en el que te deseo hayas estado [4]. Los Holbein son de dar frío, y además descubrí (a buena hora, bruto de mí) ese grabador que se llama Urs Graf y que es una especie de Goya alemán (por los temas, por la crueldad terrible de esas escenas de campos de batalla, de lansquenetes ahorcados, de mendigos y de inválidos). La sección de arte contemporáneo me pareció de primera. Nueve Klee, entre otros Reicher Hafen, algo así como ‘El puerto rico’, y un montón de abstractos, cosas de Max Bill que me entusiasmaron, de Vantongerloo, de otros tipos con apellidos igualmente complicados y además unas esculturas de Marino Marini que son de abrigo. Para colmo de suerte, de vuelta de Bâle me bajé en Lausanne donde había una gran exposición de contemporáneos. El tema era El movimiento en la pintura contemporánea (pp. 321-322).

Diez años después encontramos a Cortázar de nuevo en Ginebra, después de haber pasado por Italia y firmado contrato para la producción de una película inspirada en su relato Las babas del diablo. La película tenía entonces un título provisional (muy breve, según Cortázar) de trece palabras. Se trataba de Blow-Up, producida por Carlo Ponti y dirigida por Michelangelo Antonioni.

Tristeza, desencanto, relojes y cisnes vuelven a aparecer en Ginebra en marzo de 1966. Cortázar se queja otra vez de la comida ginebrina y su vecino se queja del jazz que el escritor pone en las noches para consolarse, por lo cual acude a otros entretenimientos:

No lo vas a creer pero ayer fuimos a ver Help!, el film de los Beatles, y tampoco lo vas a creer, nos divertimos muchísimo. Ocurre que cuando se vive al borde de la inopia, se lanza uno a explorar las zonas  más absurdas de la cartelera humana, y también ocurre que por ahí te llevás la gran sorpresa (p. 456).

El 6 de septiembre de 1966 le escribe a su amigo Eduardo Jonquière desde Berna en un papel con membrete de la Interpol, donde realiza encargos de traducción, después de haber estado en la casa que compró en la Provenza: “De Saignon a Berna hay más distancia que de la luna al sol. No es que uno esté contra la limpieza, las praderas bien peinadas y la perfección de todas las rutinas cotidianas, pero la falta del perfume del tomillo y la lavanda, la opacidad del cielo y el ruido (después de cuatro meses de un silencio digno de Webern) nos aprietan el corazón” (p. 475).

A fines de 1973, Cortázar se instala por dos meses en Ginebra, que encuentra “más hórrida y calvinista que nunca” (p. 521). Vive en la Résidence St-James (Apt 32), situada en el número 3 de la rue Versonnex, donde el escritor se dedica a leer y trabajar cuando vuelve de la oficina.

Como hemos podido ver, las breves temporadas de Cortázar en Suiza no lo motivaron a pasar más tiempo del necesario en un país que chocaba con su espíritu. Nos dibujan el contraste con un escritor inconforme con los caminos trazados de antemano y una peculiar manera de acercarse a la realidad. Buscarlo a través de sus opiniones sobre Suiza y los lugares que visitó es una forma de lectura y de aproximación al espacio que recrea los juegos a los que Julio Cortázar nos ha invitado con su narrativa.

Para terminar, los dejo con el modelo del paso de Cortázar por Suiza que he armado en Google Maps. También pueden ver en una página aparte la versión clásica de este recorrido.

________

[1] En algunas páginas web se menciona que Cortázar vivió en Suiza hasta fines de la Primera Guerra Mundial, lo cual parece tratarse del típico error cometido por una fuente y reproducida por las demás. Cousté (2001: 37) y Herráez (2011: 27) señalan que la familia Cortázar pasó de Zúrich a Barcelona y allí permaneció hasta que el fin de la guerra le permitió embarcar a Argentina. El mismo Cortázar, en una entrevista para TVE en 1977, afirma que vivió en Barcelona cuando contaba entre año y medio y tres años y medio de edad.

[2] Forma cariñosa que tenía Cortázar de llamar a su entonces esposa Aurora Bernárdez.

[3] En: Cartas a los Jonquières. Todas las citas de Cortázar pertenecen a este volumen.

[4] Se refiere al Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum Basel). Bâle es el nombre francés de la ciudad.

Referencias:

Arias, Ricardo (realizador) (20 de marzo de 1977): Entrevista a Julio Cortázar. A fondo. Moderado por Joaquín Soler Serrano. TVE. Disponible en: http://vimeo.com/32244407.

Cortázar, Julio (2010): Cartas a los Jonquières. Madrid: Alfaguara.

Cousté, Alberto (2001): El lector de Julio Cortázar. Barcelona: Océano.

Herráez, Miguel (2011): Julio Cortázar, una biografía revisada. Barcelona: Alrevés.

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5 comentarios

  1. Hola, Valentina.

    Me ha gustado mucho tu artículo sobre Cortázar en Suiza. Esa manera de comparar fotos con google maps y buscar pequeños detalles es algo que he hecho para un libro y ese proceso de investigación llega a ser fascinante.

    Hace tiempo contacté contigo porque estaba maquetando un libro con muchas imágenes y estuve probando con el método de tu artículo para hacerlo con Word. Al final lo he hecho son Sigil, porque las he añadido como notas a pie de página y no entre el texto.

    Te paso el enlace del libro, creo que te gustará. Curiosamente, también sale Cortázar, aunque la mayor investigación que tiene el libro es reconstruir el viaje que hicieron mis padres en el 2000, un año antes de morir mi padre.
    https://www.amazon.es/dp/B01ARPZN86

    Lo dicho, enhorabuena por el artículo, me encanta cuando leo cosas escritas y creadas con tanta pasión.

    Un saludo.
    Javier Das.

    1. Hola, Javier. Gracias por tu comentario. Sí fue apasionante reconstruir el recorrido de Cortázar en Suiza. Escribí este artículo cuando mi blog se titulaba «Helvetia Hispánica» y estaba dedicado a la literatura y el teatro de habla hispana en este país.

      También me acuerdo de tus consultas con respecto a las imágenes de tu libro. Felicitaciones por la publicación de Todas las ciudades y París. Acabo de descargar la prueba de lectura, para ver bien de qué se trata. Otro saludo para ti.

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