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La parábola del sembrador y la difusión de la cultura hispana en Suiza

Hace un mes en la iglesia, se leyó el Evangelio correspondiente a la párabola del sembrador (Marcos 4:1-20) [1], en la que se muestran cuatro destinos de las semillas repartidas por el campo: Una parte cae junto al camino y las aves se la comen. Otra parte cae en tierra pedregosa y, al brotar, el sol la quema y, como no tiene raíces, se seca. Otras semillas caen entre espinos que las ahogan; pero hay unas que caen en tierra fértil, crecen y dan frutos. Dicha parábola ha sido utilizada para numerosas comparaciones, comenzando con la del mismo Evangelio, donde el destino de las semillas se equipara al efecto de la palabra de Dios en quienes la oyen.

Hace muchos años, durante una misa en el Colegio Alemán de Maracaibo (donde estudié), el sacerdote comparó a los alumnos con la tierra de esa parábola, dando a entender que las enseñanzas impartidas en el colegio eran las semillas. En este sentido, el primer tipo de alumnos comprende a quienes no quieren estudiar y no les entran balas. Un segundo grupo sí quiere aprender y lograr algo, pero se deja vencer por la pereza y las distracciones. El tercer tipo está ahogado entre obligaciones diversas, le falta orden y método, y quiere abarcar demasiado. Por último, hay buenos estudiantes, con grandes intereses y capacidades, que aprovechan lo aprendido para crecer como individuos. Cuando escuché esa homilía, estaba convencida de formar parte del cuarto tipo de estudiantes, aquellos en los que la semilla daba frutos, pero a veces pienso que me parecía más al tercer tipo, el ahogado entre las espinas, y era muy joven para notarlo.

Parte de un árbol arrancado de raíz sobre una tierra a la que no pertenece. ¿Así está la cultura hispana en Suiza?

Para aterrizar en el tema de este blog, quiero decir que el punto de la parábola es saber reconocer que hay una tierra fértil donde los esfuerzos realizados darán frutos y también tener en cuenta que no todo dará frutos a pesar de nuestros esfuerzos. Así pasa un poco con la difusión de la cultura de habla hispana en Suiza, sobre todo con la literatura y el teatro. Hay muchas iniciativas que caen en tierra seca y no llegan a materializarse; otras provienen de gente muy entusiasta, pero sin arraigo en la realidad, y sucumben apenas llegan las dificultades. Otras caen entre las espinas de gente desilusionada, sin fuerza, que no le ve futuro a nada y termina ahogando la buena voluntad. Sin embargo, también encontramos lo ideal: las iniciativas que crecen, se mantienen y se convierten en un punto de referencia a lo largo de los años.

Ha habido buenas ideas, asociaciones, casas de cultura, publicaciones periódicas, grupos de teatro que surgieron, lograron algo, tenían una buena idea, un objetivo loable, gente interesada y de pronto se desvanecieron, quedaron rezagados y no se ha oído más de ellos. Esto puede deberse al hecho de que determinadas iniciativas dependieron de una sola persona, que al desaparecer se llevó el proyecto consigo. Es lógico que no todo permanezca igual por los siglos de los siglos, pero, si hay un cambio, ojalá se traduzca y desemboque en nuevos desafíos, no en la decepción y el abandono.

El sembrador de la parábola nos da la impresión de estar repartiendo semillas a diestra y siniestra, y algunos se preguntarán por qué el sembrador no hace un estudio y no se dirige directamente a la tierra fértil, en lugar de perder tiempo con las otras tres. Pero entonces surge la interrogante: ¿Cómo reconocemos la tierra fértil? ¿Cómo sabemos que no nos estamos dejando llevar por los prejuicios a la hora de discernir?

Aquel sacerdote en el Colegio Alemán quiso orientar el discurso hacia los estudiantes y su propia disposición para aceptar la semilla, es decir, para dejar que lo aprendido se arraigara y creciera, más que en el sembrador (en este caso, el colegio). Pero podemos volver el foco al sembrador, en especial al hecho de que no todo su esfuerzo dará frutos y la aceptación de que eso es así, de que pertenece a la naturaleza del quehacer cultural que mucho se “pierda”; pero existe esa tierra fértil que hace que el trabajo valga la pena.

Hablando de lo que cae donde no va a dar frutos: Una pastilla en el suelo de la iglesia

No nos lamentemos ni nos pongamos a pensar en quienes no leen ni van al teatro, ni asisten a las actividades de habla hispana que se organizan en Suiza. No confundamos la transición de los productos culturales con un interés moribundo ni creamos en los lugares comunes en cuanto a la gente dispuesta a aprovechar las oportunidades, para que no nos decepcionemos al ver que la tierra que parece fértil tiene cizaña o no hay raíces que sostengan lo poco que crece. No podemos dejar de sembrar porque haya tierras en que la semilla no dé frutos. Al mismo tiempo, existen los terrenos fértiles, donde el esfuerzo será apreciado, los eventos serán recordados; la inspiración, compartida y la realidad, analizada. Hay que buscar estos terrenos y dejar que nos salgan al encuentro cuando emprendamos nuestra labor cultural.

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[1] También en Mateo 13:1-23 y Lucas 8:4-15.

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