Comer en tiempos de crisis

Mi papá hablaba de la crisis durante las comidas para quitarnos el hambre. Así pensaba ahorrarse mi cuota del gimnasio y el nutricionista de mi mamá, y prolongar la compra de la semana. Había elegido la Medicina por ser la profesión más lucrativa, pero mi padre casi no tenía pacientes («¡y con tanto loco suelto en la calle!», masticaba). A la hora de recortar gastos, el médico del que se ayunaba era el psiquiatra, y el hospital público estaba en paro porque no recibían sueldo desde hacía tres meses. Por eso, papi deseaba incursionar en un negocio y como aperitivo nos presentó un comercio ilegal de frutas tropicales. Pretendía llevar chirimoyas, caujiles, nísperos, zapotes y mamones a Aruba para distribuirlos a los hoteles por medio de una lancha clandestina. Mi mamá escupió el pan y se opuso. Yo le sugerí algunos toques que relajaran los sentidos de sus pacientes, para que se sintieran como en casa y pudieran recomendarlo, pues la hostilidad iba de la mano con la crisis y un ambiente acogedor era siempre bienvenido. Pero mi papá se negó a cambiar la decoración del consultorio para no ofender a la pediatra que puso el papel tapiz de la Sirenita. Tampoco le quitaría ese televisor escandaloso a la secretaria (primero se abstendría de esta) y mucho menos ofrecería café en la sala de espera («¡si el café escasea!»). El hambre del contrabando se le quitó cuando vio que las frutas autóctonas estaban más caras que las manzanas y las peras importadas, porque la crisis había evaporado la producción.

Pero veíamos los puestos callejeros llenos de comensales, y los locales que vendían frituras, y sobre todo los cafés y restaurantes. A veces, valía más la pena comer fuera, porque no se conseguía carne de res ni pollo ni pescado en los mercados y en los restaurantes todavía aparecía aquella fauna en vías de extinción, y las pastelerías parecían las únicas que pescaban azúcar. «Nuestra solución a la crisis debe ser comestible», afirmaba mi padre, y, durante un almuerzo, nos anunció su nuevo plan:

—¡Los tostones! Sin duda, un buen negocio porque los compra mucha gente en los cines y no tienen competencia.

Me atraganté y le propuse pensar en algo más convencional.

—¿Qué? ¿Un restaurante? No hay capital. ¿Vender tortas? Tenemos el horno dañado. Y los negocios donde no se coma están fuera de consideración.

Un estudiante del postgrado quería que mi padre le asesorara la tesis y este le puso como condición que se infiltrara en la fábrica de tostones y averiguara todo para cocinar el negocio. El estudiante necesitaba sacar el título cuanto antes para entrar al mercado laboral, porque se había decidido por la carrera más lucrativa, que pronto daría frutos a pesar del tiempo de crisis, pues la crisis pone loca a la gente y necesitarían ir al psiquiatra.

—Montar la empresa es bien sencillo —nos comentó papi—. Se necesita una espaciosa cocina. Hay que comprar plátanos verdes al por mayor y unos pocos empleados los cortan con unos instrumentos fabricados por ellos mismos para darles esa forma tan peculiar a los tostones. Luego, se fríen los plátanos en unas ollas grandotas, se dejan reposar, se les pone sal y se empaquetan.

Mami se había entusiasmado con la empresa de tostones y a mí tampoco me sabía tan mal después de haber almorzado atún enlatado todos los días.

Papi consiguió una casa cerca del centro de la ciudad. Ofreció pagarle más a un par de trabajadores de la competencia para que se unieran a él, y comenzó a estudiar cómo mejorar los tostones. Él deseaba ponerles menos sal, para destacar ese sabor dulzón del plátano (y gastar menos en sal). Los quería colocar en un empaque más atractivo y ofrecer varios tamaños, y no solo venderlos en los cines, sino también en las panaderías y supermercados.

Una noche, mi padre llegó a cenar con apetito porque un laboratorio le financiaría la participación en un congreso de la capital. Nuestros problemas económicos lo mantenían a régimen de viajes y no le importó abandonar la empresa de tostones en pleno inicio de funciones, ya que, según él, los empleados que había sacado de la competencia eran unos expertos y el negocio podía manejarse solo. Eso era lo ideal en tiempos de crisis: varias fuentes de ingresos y de comida. El congreso incluía almuerzo, refrigerio y cena, y mi papá podría esconder unos cachitos para el desayuno y llenarse de reservas alimenticias porque no sabía si pasaría hambre después. «Lástima que no estén aquí. Les llevaría algo envuelto en una servilleta», nos decía por teléfono mientras torturaba nuestros estómagos nostálgicos con las descripciones del menú.

Todo se cortó de golpe con la noticia del asalto. Según los empleados, unos malandros encapuchados habían irrumpido en la fábrica de tostones. Desvalijaron la casa entera, se llevaron el dinero que mi padre había dejado para unos pagos, el camión de plátanos verdes que había comprado, sacos de sal y los utensilios de trabajo, desde la olla de freír hasta el plástico para los empaques, pasando por los artículos de limpieza. Papá regresó indigestado, pero resuelto a no desistir. Volvió a comprar todo lo necesario y colocó vigilancia de día y noche, aunque le devorara los ahorros.

De pronto, papá se dio cuenta de que todos los empleados lo estaban robando (incluyendo los vigilantes). Se endeudó, declaró la empresa en quiebra, tuvo que vender el apartamento y nos mudamos a otro más pequeño. Solo entonces reconoció que más valía atún conocido que tostones por conocer, y se enfocó en los métodos para respaldar su profesión casi sin lucro en tiempos de crisis. Dos meses después, encontré en un supermercado los tostones de la competencia, irreconocibles en un empaque más atractivo. Me llamaron la atención y los compré. Estaban menos salados, el plátano era de mejor calidad y noté que se conseguían en todos los supermercados y panaderías, además de los cines. Nadie sabe a quién se come en tiempos de crisis.

Comer en tiempos de crisis_El mito de la segunda parte
Este relato forma parte de El mito de la segunda parte. Segunda edición ampliada, corregida y trastocada. Fue publicado previamente en Esa cosquilla molesta. Antología de literatura breve (Escuela de Escritores, 2009).

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