En julio de 1955, Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927) fue enviado a Ginebra como corresponsal del periódico bogotano El Espectador, con el fin de cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes: el presidente de los Estados Unidos Dwight D. Eisenhower (“Ike”),  el primer ministro británico Anthony Eden, el jefe de gobierno francés Edgar Faure y el primer ministro de la Unión Soviética Nikolai Bulganin. Eran los mandatarios de las cuatro potencias que habían ocupado Berlín, que tenían armas nucleares o estaban próximos a tenerlas, y tratarían como temas la unificación de Alemania y la reducción de armamentos. En plena Guerra Fría, diez años después de culminada la Segunda Guerra Mundial, dos después de la muerte de Stalin, esta cumbre, que tuvo lugar entre el 18 y el 23 de julio,  levantó muchas expectativas en un mundo sobrecogido por la amenaza de una catástrofe nuclear.

Antes de partir al que sería su primer viaje a Europa, Gabriel García Márquez era considerado un periodista y escritor muy prometedor en Colombia [1]. Había publicado en entregas la historia que luego se conocería como Relato de un náufrago (1970) así como algunos relatos,  y desarrollaba un tipo de periodismo que lo hizo popular entre los lectores y a la vez odiado por el entonces régimen dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla.

Portada de "Obra periodística", de García Márquez

En sus memorias Vivir para contarla (2002), García Márquez afirma que el viaje fue planeado con pocos días de antelación. Él le dijo a su madre que se quedaría dos semanas en Europa, pero su estadía se extendió por casi tres años, en los que el escritor pasó por Italia, Austria, Francia y algunos países socialistas.

Las memorias de García Márquez culminan con la partida a Ginebra (“con el tiempo justo para la conferencia inaugural de Eisenhower, Bulganin, Eden y Faure, sin más idiomas que el castellano y viáticos para un hotel de tercera clase” [2]). En esta ciudad recibiría la respuesta de Mercedes Barcha (con quien se casaría años después) a su carta lanzada en Montego Bay con la amenaza de quedarse para siempre en Europa si ella no le contestaba en un mes.

En sus ediciones del 13 al 15 de julio de 1955, El Espectador anunció el viaje de Gabriel García Márquez. Hasta El Heraldo de Barranquilla (donde el escritor también había trabajado) se despidió de él. García Márquez llegó en avión a París y de allí tomó un tren a Ginebra. Arribó el 17 de julio en la tarde a una Ginebra de treinta grados centígrados, donde el sol salía a las cuatro de la mañana y no oscurecía antes de las nueve. Ese mismo día envió un cable con su primer artículo redactado desde el Palacio de las Naciones Unidas, que saldría publicado esa tarde en El Espectador: “El cable fue todo inventado… Pero salió bien…”, afirmó en una entrevista realizada en 1977 [3].

Gerald Martin (2009: 218-219) supone que quienes financiaron su viaje y leyeron sus reportajes debieron quedar decepcionados de ese cable del escritor. Prácticamente no habla de política. Quien no se hubiera informado por otro medio de qué trataba la conferencia de los Cuatro Grandes, no se habría enterado por García Márquez. Sin embargo, cabe dudar que sus lectores hubieran quedado indiferentes ante la gracia con que se cuenta la llegada de los mandatarios a Ginebra en “Los 4 Grandes en Tecnicolor”, las sonrisas que se intercambian “Los cuatro alegres compadres”, las reuniones sociales de esposas, políticos y cuerpos de seguridad en “El susto de ‘las 4 grandes’” y las cifras del hormiguero periodístico, los mensajes enviados y el dinero gastado en “La auténtica torre de Babel”.

Los Cuatro Grandes en el Palacio de las Naciones (Ginebra)

Los Cuatro Grandes, sonrientes en el patio del Palacio de las Naciones. De izquierda a derecha, Nikolai Bulganin, Dwight D. Eisenhower, Edgar Faure y Anthony Eden. Foto tomada del archivo fotográfico Lessing y usada con autorización.

Por momentos, el periodismo de García Márquez en Ginebra se asemeja a la crónica de sociales, como cuando describe los vestidos de las esposas de los Grandes y sus delegados; raya en la farándula cuando, junto con otros periodistas, sigue a Eisenhower en su visita a una juguetería, describe las mansiones donde los ilustres visitantes se alojaban y el yate en el lago Leman a disposición de las primeras damas, todo con un aire hollywoodense que García Márquez no pretende disimular. Sin embargo, tampoco persigue una crónica social seria. En todo momento se percibe un recuento burlón del lujo, una crítica a la actitud extremista hacia la conferencia, y su propia manera de reflejar lo que ocurría le permitía a García Márquez acceder al modo en que los otros veían a los presidentes.

En este sentido, el escritor colombiano nos divierte con su manejo de los contrastes: La indiferencia inicial ante el evento en comparación con la atención a la Vuelta a Francia.  La vigilancia ausente en Ginebra antes de que hubiera policías encubiertos por todos lados. Los periodistas que se pueden acercar a Eisenhower en la juguetería, pero otro día están a una distancia como para presenciar una explosión atómica. La emoción del dueño de la tienda por tener a “Ike” como cliente y la decepción de su esposa que no pudo entrar a su propio negocio ni ver al presidente gracias a la multitud.

De este modo, García Márquez se acerca al lado humano e introduce su propia experiencia, lo que se manifiesta cuando juega con locuciones, refranes y frases hechas para sus subtítulos: “Se revolvió el avispero”, “‘Dime dónde vives…’”, “¿Serán los primeros?”, “Un cuento inglés”, “‘¡Al fin solas…!’”.

En sus reportajes, García Márquez compara lo que ve en Ginebra con Colombia, un recurso para apelar a sus lectores colombianos y destacar las mismas semejanzas que él iba hallando en la ciudad suiza, lo que quizás permitiría imaginarla mejor:

Si usted quiere comprender cómo fue que el presidente Eisenhower compró esta tarde una muñeca y un aeroplano de juguete para sus nietos en un almacén de Ginebra, no tiene sino que hacerse una composición de lugar: imagínese que el hotel del Rhône, donde se hospeda la delegación de los Estados Unidos, está situado en la gobernación de Cundinamarca. A un lado del hotel se está construyendo el centro comercial del Rhône, en el lugar donde en Bogotá se construye ahora el edificio del Banco de la República: antiguo hotel Granada. En la construcción del centro del Rhône hay una grúa “Loro Parisino” –una gigantesca grúa de brazo metálico– ni un centímetro más grande ni un centímetro más pequeña que la que se utiliza en Bogotá, en el edificio del Banco de la República. (1992: 73)

Dada la dificultad de conseguir primicias como corresponsal en Europa y el hecho de que las crónicas de García Márquez (enviadas casi siempre por correo aéreo) se publicaban cuando la novedad había pasado, su periodismo original se convertía en necesidad, de acuerdo con Gilard  (1992: 21). Esto explicaría la estrategia de contar su anécdota personal y su interés por lo que sucedía tras bastidores, por los detalles marginales y secundarios, que Gilard supone “no desprovistos de ficción y arbitrariedad”.

Muchos años después, García Márquez escribe su relato “Buen viaje, señor presidente”, el primero de sus Doce cuentos peregrinos (1992). Este relato se desarrolla en Ginebra, donde el presidente derrocado de una nación caribeña se hace unos exámenes médicos. Un compatriota suyo que lo encuentra en el hospital lo aborda con intención de pedirle un favor, pero al final son él y la esposa quienes terminan ayudando a este presidente, también de régimen como los Cuatro Grandes, a quienes veinte cocineros no pudieron armar un menú completo que todos pudieran comer. Esa manera ginebrina de mimar a los políticos se ve en el relato cuando el personaje Homero Rey y el presidente se dirigen a una fonda llena y el primero quiere averiguar si hay un sitio libre:

—¿Es presidente en ejercicio? —le preguntó el patrón.

—No —dijo Homero—. Derrocado.

El patrón soltó una sonrisa de aprobación.

—Para esos —dijo— tengo siempre una mesa especial. (García Márquez, 2006: 9)

La mujer que odiaba al presidente termina cambiando de parecer, el hombre que se acerca a él para pedirle favores termina otorgando los favores. Tras la conferencia de 1955, Eisenhower es invitado a la Unión Soviética y los soviéticos quedan satisfechos por el ambiente de paz, aunque no se llegó a ningún acuerdo. Después, el presidente del relato pretende volver a la carga politica y Eisenhower y los soviéticos se enfrentan en la cumbre de París de 1960 [4], pero quién podría imaginarlo cuando abandonaron Ginebra, donde se intercambiaban regalos, eran atendidos por los habitantes de la ciudad, recibidos con honores y expectativas, y despedidos con sonrisas.

En su prólogo a Doce cuentos peregrinos, García Márquez afirma que hizo un rápido viaje por las ciudades de sus relatos para “comprobar la fidelidad” de sus recuerdos (2006: xiii). No nos menciona cómo encontró Ginebra tantos años después, solo que ninguna de las ciudades visitadas tenía nada que ver con lo que recordaba. Sin embargo, tanto en el relato como en sus reportajes, Ginebra se configura como una ciudad de la paz y la conciliación, con esperanza de mejoría aunque no suceda nada que la alimente, una ciudad internacional de la que se sale a la realidad conocida. Esa es la Ginebra que nos retrata Gabriel García Márquez en sus relatos y trabajos periodísticos, que le abre la puerta a su experiencia europea después de la cual comenzaría grandes obras como escritor.

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[1] Véase la cita de Eduardo Zalamea Borda (“Ulises”) en el prólogo al tercer tomo de la Obra periodística de García Márquez (1992: 14).

[2] En: Vivir para contarla, p. 577.

[3] Dicha entrevista, realizada por Germán Castro Caicedo, fue publicada con el título “Gabo cuenta la novela de su vida”.

[4] Para más información sobre esta cumbre de 1960 y la perspectiva soviética de la conferencia de Ginebra, véase Dobrynin (1998: 45-51).

Referencias:

Castro Caicedo, Germán (entrevistador) (1996): “Gabo cuenta la novela de su vida”. En: Vicente Pérez Silva (comp.), La autobiografía en la literatura colombiana. Bogotá: Presidencia de la República, pp. 703-737. Previamente publicado el 16 de marzo de 1977 en El Espectador. Versión digital disponible en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Dobrynin, Anatoly (1998): En confianza. El embajador de Moscú ante los seis presidentes norteamericanos de la Guerra Fría (1962-1986). México: Fondo de Cultura Económica.

García Márquez, Gabriel (1992) [1983]: De Europa y América (1955-1960). Obra periodística Vol. 3. Recopilación y prólogo de Jacques Gilard. Madrid: Mondadori.

_____ (2002): Vivir para contarla. Barcelona: Mondadori.

_____ (2006) [1992]: Doce cuentos peregrinos. Nueva York: Vintage Español.

Martin, Gerald (2009): Gabriel García Márquez: Una vida. Nueva York: Vintage Español.