Después de profesar un oficio por más de diez años, sabes lo que haces. Conoces bien tu medio, has atravesado diferentes etapas y eres experto (aunque hayas comenzado como aficionado). La madurez te permite reflexionar sobre lo que has logrado y sobre el futuro que deseas.
En Suiza tenemos una comunidad hispanohablante muy interesada en mantener su lengua y su identidad cultural. Las actividades de las librerías Ibercultura y Albatros, los grupos literarios, los clubes de lectura, las asociaciones por países y el éxito del crowdfunding para la Feria del Libro Lees constituyen ejemplos de una pasión que ha cambiado de nombres y colectivos, pero permanece en su ímpetu.
Me inicié en el mundo digital hace trece años, con Helvetia Hispánica, al que denominé “el blog de la literatura y el teatro de habla hispana en Suiza”. La primera obra teatral que reseñé fue Baile de huesos. Algunos de sus actores pasaron a integrar Fusión Sur, un grupo que desde Zúrich ha desarrollado artes escénicas en español.
Mucho ha pasado en el transcurso de estos años. El grupo ha montado piezas de autores argentinos, producciones originales y adaptaciones de éxitos como TOC TOC. Toda la experiencia acumulada ha impulsado a sus actrices a dar el salto a otras ciudades suizas. La obra Piroska, estrenada el año pasado en Zúrich, ha sido presentada en Winterthur y en Berna. Tuve el placer de asistir a la función del 28 de junio en el Theater Remise de la capital helvética.
El trío conformado por Vanesa Ruosch Tosto, Claudia Teuscher y Mariangelic Schärrer Favier realizó una adaptación de la obra Radojka, de los autores uruguayos Fernando Schmidt y Christian Ibarzabal. Dos empleadas domésticas ven su estabilidad amenazada ante el fallecimiento de la señora extranjera a la que cuidan y, para no caer en sospechas ni perder sus trabajos, deciden armar la farsa de que continúa viva.
Claudia Teuscher, en la primera escena como Piroska, nos muestra la fugacidad de una vida restringida por la enfermedad, con gustos a escondidas y una lengua desmembrada. Mariangelic Schärrer, en su papel de Doris, hace gala de su ingenuidad: repite máximas maternas, llega tarde y se deja manipular ante los ardides de Rosa, una Vanesa Ruosch que, con su acento, nos transporta al Buenos Aires donde tiene lugar la historia. Por mucho que el hijo de Piroska esté en Suiza, llame con poca frecuencia y nunca visite a su madre, mantener la pantomima será cada vez más difícil para ambas mujeres, atrapadas en un enredo del que no podrán salir sin pagar las consecuencias.
La acción entera se desarrolla en una sala (o living) que bien representa el estilo de una dama de la tercera edad, con objetos elegantes pero anticuados, en el cual las dos empleadas protagonistas han armado su barricada para protegerse de un mundo de inseguridad y desempleo. Y, cuando comiencen a deshacer ese espacio, se van a resquebrajar sus máscaras. Detalles que parecen aleatorios y decorativos como los objetos de esa sala tienen una importancia que se revela al final.
Piroska nos hace reír con un teléfono ignorado (“A palabras suizas, oídos sordos”, dice Rosa), el humor negro de los diálogos y la engañosa cercanía de las comunicaciones remotas. En una de las escenas más destacadas de la obra, las cuidadoras, delante de una laptop, “resucitan” a la difunta cuya presencia es solo física, y, aun asumiéndola viva, su ancianidad y enfermedad le roban el poder del diálogo y la decisión.

Esta obra toca al público inmigrante. ¿Quién no ha dejado familia atrás? ¿Quién no está relacionándose (o chocando) con personas de diferentes culturas y mentalidades? No hablemos de las crisis laborales y la tentación de actuar fuera de los cánones para salir adelante.
En toda buena comedia palpita un gran drama. Piroska no es la excepción. Al mirar detrás de las maquinaciones, los esfuerzos en mantener la ilusión de vida de la anciana, los intercambios jocosos entre las dos protagonistas (la una desesperada por la adversidad, la otra con la cabeza fría de quien trama a largo plazo), encontramos el problema de la soledad en la vejez, las familias separadas, la precariedad laboral y las circunstancias que motivan a sacar provecho de otros no mucho más favorecidos.
Tiene mérito que Fusión Sur haya decidido salir de su zona de confort y llevar su Piroska a otras ciudades suizas. Darán un salto mucho mayor este mes de noviembre, ya que han planeado una función en Barcelona.
Ante los desafíos del quehacer cultural y los sinsabores que inevitablemente surgen en el camino, mantener un grupo teatral activo por más de diez años es un acto de amor, y ese sentimiento se nota en cada función a la que he asistido de Fusión Sur. Solo la entrega y la conexión con quienes la aprecian hacen que valga la pena el esfuerzo.


