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Tras los pasos de Carlos Fuentes en Zúrich

Después de ver a Ernesto Cardenal en Olten y saber que vería a Javier Marías en Zúrich, recordé un texto del escritor mexicano Carlos Fuentes (nacido en Panamá, 1928) que leí hace años en el Papel Literario del diario venezolano El Nacional. El texto fue publicado originalmente con el título “Un encuentro lejano con Thomas Mann” en El País el 24 de junio de 1998 y forma parte del libro En esto creo (2002), de Carlos Fuentes, en el que fue titulado “Zurich” [1].

Ya conocía a Carlos Fuentes como autor antes de ingresar en la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia. Geografía de la novela (1993) fue el primer libro suyo que compré. La muerte de Artemio Cruz (1962) formaba parte de la biblioteca personal de mi madre. Mientras cursaba mis estudios de licenciatura, leí La región más transparente (1958), Aura (1962) y El espejo enterrado (1992). No sé en qué año apareció en el Papel Literario de El Nacional aquel texto de Carlos Fuentes, en el que me llamó más la atención la descripción de Thomas Mann, quizás por alguna cercanía a la lectura de La montaña mágica, que lo que cuenta de Zúrich, una ciudad que desde el trópico sonaba como tantas ciudades europeas famosas y llenas de historia que uno no aspira conocer.

Gracias a la labor diplomática de su padre, Carlos Fuentes vivió en diferentes países. Residió en Suiza entre 1950 y 1951, ya que estudió en el Instituto de Altos Estudios Internacionales y en la Universidad de Ginebra. Al mismo tiempo, trabajó en la delegación mexicana en la Organización Internacional del Trabajo y como secretario del miembro mexicano de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU, Roberto Córdoba. En este marco, Carlos Fuentes es invitado por unos amigos a Zúrich en junio de 1950, ciudad que él se imaginaba próspera cuando las grandes urbes europeas sufrían las consecuencias de la posguerra. Sin duda, distinta a esta Zúrich de 2012 a la que voy un par de veces por semana y me la paso entre librerías, bibliotecas y centros de educación superior.

Hace un mes, aprovechando el tiempo primaveral, decidí seguir el recorrido de Carlos Fuentes sesenta y dos años atrás. Con antelación, busqué las direcciones de los hoteles que él menciona. Abrí mucho los ojos al ver el rango de precios de las habitaciones. Una vez en la estación central de Zúrich, tomé el tranvía que recorrió Limmatquai con lentitud y me la pasé mirando el lago por la ventana, tratando de hallar en el agua y en el cielo espejos de los puentes y los edificios juntos al lago. Después de bajar del tranvía en Bellevue, me dirigí a Bürkliplatz, un lugar de convergencia de diversas líneas de transporte público. Montones de semáforos, carros y tranvías dificultaban el paso de los peatones. Logré reconocer el espejo del que escribió Carlos Fuentes cerca de Bürkliplatz, en un muelle lleno de turistas. “Era difícil separar al lago del cielo, como si las aguas se hubieran transformado en aire puro, y el firmamento en un espejo más del lago” (p. 347). [2]

Carlos Fuentes vio a Thomas Mann por primera vez en el restaurante del Hotel Baur au Lac. “El restorán era una balsa, una terraza flotante sobre el lago. Se llegaba a él por una pasarela” (p. 347). Junto al lago hay una estructura flotante que podría haber sido un restaurante, pero está cerrada, cubierta por una gran lona. Sin embargo, no se encuentra al lado del Hotel Baur au Lac, separado del lago por un par de calles. Dicho hotel está junto a un canal. Allí sí hay un llamado “pabellón” con un restaurante lleno que mira hacia el canal, con algunas lanchas atracadas. Un delgado puente sobre el canal lo une con la callejuela por la que me aproximo al hotel. Un hombre de traje y corbata se come un sándwich sentado en un banco mientras yo tomo fotos y algunas personas pasan trotando a mi lado.

Carlos Fuentes halló al escritor alemán durante la cena, acompañado de tres mujeres. Lo describe como un caballero de más de setenta años, “tieso y elegante como las servilletas almidonadas”, rígido al comer y de rostro fatigado que su orgullo procuraba disimular. “[E]l rostro de Thomas Mann era un teatro de emociones calladas, implícitas” (pp. 347-348). Gracias a ese encuentro, Zúrich se convertiría para Fuentes en una ciudad especial. No es casual que en el libro En esto creo sea la única ciudad europea de su listado alfabético.

Mirando esa noche a Mann cenando en Zurich, se fundieron para siempre en mi cabeza los dos espacios del espíritu, Europa y Zurich. Gracias a este encuentro-desencuentro, esa misma noche coroné a Zurich como la verdadera capital de Europa (p. 349).

Luego, me subí al tranvía número 8 y me fui a Römerhof para tomar el Dolderbahn, funicular que me llevó hasta el hotel Dolder Grand, donde Carlos Fuentes volvió a ver a Thomas Mann a la mañana siguiente. El funicular ascendió en medio de un bosque lleno de árboles altos a los que el invierno había dejado desnudos a merced del sol. Pensé que en junio se verá muy distinto.

Al bajar, sigo el letrero que me conduce a las canchas de tenis. Carlos Fuentes se encuentra a Thomas Mann en esas canchas “vestido todo de blanco, digno hasta un punto menos que la rigidez, pero con ojos más alertas y horizontales que la noche anterior” (p. 349) y advierte que el escritor alemán observa a un joven jugar tenis.

Mann no podía quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no podía quitarle la mirada a Mann. Estaba presenciando una escena de La muerte en Venecia, sólo que treinta y ocho años más tarde, cuando Mann ya no tenía treinta y siete (su edad al escribir la novela maestra sobre el deseo sexual), sino setenta y cinco, más viejo aún que el afligido Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa del Lido… (pp. 349-350)

No hay nadie en ese momento. Supongo que no han abierto las canchas para los huéspedes porque aún no es verano. Sin embargo, llevo la chaqueta en el brazo y la bufanda no es más que un estorbo que me quita espacio en el maletín. Hay una caseta cerrada. A través del vidrio, veo una barra, un surtidor de cerveza, un lavaplatos, mesas y sillas apiladas. Trato de visualizar las canchas llenas de hombres jóvenes, saques y rebotes de pelotas de tenis, mesas y sillas mirando hacia las canchas, mesoneros circulantes que llevarán bebidas a los jugadores que descansen y a los meros espectadores, entre ellos Carlos Fuentes de veinte años (¿crespos negros, mirada grave, sin bigote?) y Thomas Mann, alto, imponente, con cabello poco abundante que le deja la frente despejada, su bigote perfectamente dibujado sin salirse de la frontera entre las comisuras de sus labios delgados y las líneas que descienden de su nariz a las mejillas; ambos observando, armando palabras en su cabeza.

Entro al Hotel Dolder por el lado del estacionamiento. Aunque mis zapatos tienen suela de goma, mis pasos, solitarios, retumban por el largo pasillo descendente. Una placa en el suelo indica que el hotel fue renovado en 2008. Probablemente, no se parezca mucho a lo que vieron Thomas Mann y Carlos Fuentes hace sesenta y dos años. Cruzo la recepción y salgo por la entrada principal, admiro una vista del bosque con la ciudad y el lago a sus pies. Allí esperan un Mercedes-Benz, un Aston Martin, un Bentley. Procuro no mirarlos mucho porque los botones del hotel me observan. Sin duda, Thomas Mann y Carlos Fuentes llegaron a ese hotel en carros igual de caros y elegantes. Agradezco a la red de transportes públicos en Suiza y al GA (siglas de la tarjeta del abono general en alemán) que me permiten ir de un sitio a otro con tanta facilidad.

Procuro recorrer los restaurantes y el baño con rapidez para evitar que algún empleado del hotel que note mi carácter de curiosa me interpele. A fin de cuentas, soy ave de paso en Zúrich, ni turista ni residente. Sin embargo, un joven mesonero me detiene a la entrada del restaurante principal y me pregunta si deseo una mesa. Ese restaurante debió ser aquel en que Carlos Fuentes almorzó ese día con sus amigos. El mismo joven que Mann observó jugando tenis sirvió la mesa del escritor mexicano y sus acompañantes. Antes de dirigir una educada negativa al mesonero que me hizo la pregunta, alcancé a notar la ausencia de comensales, un ventanal, unas mesas con manteles preparadas para la llegada de los clientes.

Quizás ese día se prefería el restaurante del jardín, al que puedo entrar y tomar fotos sin que me pregunten nada. Me llama la atención una colección de chapas a la entrada de ese restaurante y en otra sala una instalación de tres piezas acolchadas con forma humana dispuestas como si se miraran la una a la otra. Quizás así estábamos el famoso Thomas Mann, el joven Carlos Fuentes y la Valentina Truneanu de bajo perfil, ese día o hace sesenta y dos años, en el mismo espacio, en círculo, cada uno observando al otro sin notar la atención de un tercero, mientras pensamos en imágenes y libros, tratamos de hallarnos en Zúrich y comparamos nuestros logros y deseos.

________

[1] Dicho volumen, configurado como un diccionario con ordenación alfabética, reúne una serie de ensayos del autor. “Zurich” es el último de ellos.

[2] Carlos Fuentes (2002): En esto creo. Barcelona: Seix Barral. Todas las páginas citadas pertenecen a esta edición.

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5 comentarios

  1. Antes de iniciar este blog, hice una lista de los temas sobre los que quiero escribir. Para esta sección, había pensado en Borges, Cortázar, García Márquez, Teresa de la Parra y Alfonsina Storni, además de Carlos Fuentes. Sin embargo, una mañana se me ocurrió hacer este paseo tras los pasos del escritor mexicano y espontáneamente busqué por Internet las direcciones de los hoteles y las conexiones de transporte público antes de ir a Zúrich. Ayer, después de enterarme de la muerte de Carlos Fuentes, quedé un poco impresionada. Me siento como si le hubiera hecho un homenaje antes de tiempo…

    1. Hola amiga! Me encanta tu blog. ¡Eres una maravillosa narradora! Me habría encantado acompañarte a visitar esos sitios; no hace falta ninguna fotografía, pues con tu relato tengo de sobra para imaginarlo todo.

      Un gran abrazo

      1. ¡Hola, Luz! ¡Gracias por tus palabras! Me da mucho gusto que sigas mi blog y me acompañes (en la lectura y la imaginación) por estos sitios. Recibe otro gran abrazo con cariño.

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